viernes, 24 de abril de 2015

Noches que son lagunas

Cada noche espero que mi cama se abra a la mitad y comience esa caída infinita.
Que lo primero que vea ascender sean mis brazos blandos; pellejo hueco, abandonado, silbante.
Y detrás mis ojos, con sendos nervios siguiéndolos, como cordeles de globos felices de escapar de las manos pringosas de un niño.
Me enredaría con el pelo pegado en la cara que no dejaría de martillearme las mejillas y de meterse como arañas mojadas en la boca.

¿Y cuándo caigo?
¿Caigo suave en un prado de hierba cálida, húmeda verde y lleno de margaritas, con hormigas que me hacen cosquillas en los dedos, con unos gorriones que me reciben gorjeando...?

Caigo de rodillas en el muro gris. Con el impacto, mis rotulas se reducen a pudding de sangre, huesos y tendones, dejando tibias y peronés sin sitio donde encajar, descolgadas y separadas, libres para ir donde quieran.

Puedes volar tan lejos como intentes que nunca te vas a librar de ti mismo

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