miércoles, 22 de agosto de 2012

Pero nadie me devuelve aquellos soles rotos en mis ojos

Reconsiderando mis venganzas y mi odio hacia vuestro colectivo, sólo he podido renovar mi odio y ganas de veros morir a todos.

Iba subiéndo a oscuras, girando a cada sombra, alejada de las esquinas y agarrando fuerte el mango. A veces ya no sé si soy la víctima asustada... Clavo fuerte la mandíbula y sigo andando.
Entré en la habitación bendiciendo aquel momento. Como pude pensar que te perdonaría.
Te dejé atado a la cama, con el estómago lleno de lejía y los ojos pegados. Llorabas, eructabas y al hipar aumentabas la intensidad de tu llanto. No podía dejar de reírme. ¿Por qué me habría ido? Te saludé besándote los labios quemados. Lo habías llenado todo de vomito, la piel acartonada, con las sábanas.
Mataría por saber lo que tienes que decirme, pero tenías la garganta llena de cicatrices blancas, que impedían el paso de palabras. Decidí machacarte las rodillas y los tobillo. Te solté y limpié tus vomitos. ¿Reducerdas tus notas en los margenes de mis apuntes? ¿Las firmas de tus notas? ¿Tus ies, tus tildes? ¿Vas a contarme que sientes? Te encantaba contarme lo cachondo que estabas, ¿no recuerdas? Te di un cuaderno nuevo y un bolígrafo. Me tiraste el cuaderno y pretendiste lanzarte hacía mi. Mordiendo al aire, como un perro rabioso. Qué pena.
Te cogí alto el cuello y vi como te contenías por no volver a llorar. Comencé a reírme al verte así. Paré cuando comenzaste a llorar. Qué humano más sucio. ¿Tienes miedo, es eso? ¿Podrías chillarme, no? ¿Por qué no chillas? ¿Por qué no me paras? Lo sabías, lo sabías.
Me acosté a tu lado aún con el bolígrafo esperando a que me digas algo. Ni siquiera me miraste. Seguiste eructando y después de unas horribles arcadas, volviste a llenarlo todo de vomito. No sabía si morías o dormías. ¿Crees que podrías dormirte? Temblabas y abrías los ojos, mordiéndote la lengua y sangrándote la boca. Te vi de reojo suplicando mientras te atragantabas de dolor. No sabes qué imagen de inutiladad dabas. No sé cuánto pudo dolerte, no me chillaste, no me miraste. Siempre te creí más valiente y menos asqueroso que ahora.
Dejabas de temblar. Aún a tu lado dormí tranquila, como antes.

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